Aún no disponía de un uniforme completo y no contaría con él hasta que alguien hubiera llevado una coraza al viejo Remitt el armero y le hubiera dicho que le diera dos buenos golpes con el martillo exactamente aquí y aquí. Aparte de eso, ningún casco en el mundo cubriría toda aquella masa de cabellos color rubio ceniza. Pero entonces a Zanahoria se le ocurrió pensar que en realidad la guardia interina Angua no iba a necesitar nada de todo aquello. La gente haría cola para que ella les arrestara.

—Bueno, ¿qué hacemos ahora? —preguntó Angua.

—Pues supongo que proceder de vuelta a la Casa de la Guardia —dijo Zanahoria—. Me imagino que el sargento Colon ya estará leyendo el informe de la tarde.

Angua también había dominado el «proceder», una manera de andar muy especial concebida por los agentes de la ley en todo el multiverso para hacer la ronda. Consiste en un suave levantamiento del empeine, un cuidadoso balanceo de la pierna y un paso relajado que se puede mantener hora tras hora, calle tras calle. El guardia interino Detritus todavía tardaría algún tiempo en estar listo para aprender a «proceder», al menos hasta que fuera capaz de no dejarse inconsciente a sí mismo cada vez que saludaba.

—El sargento Colon —dijo Angua—. Ese era el gordo, ¿verdad?

—Eso es.

—¿Por qué tiene un mono como mascota?

—Ah —dijo Zanahoria—. Me parece que te estás refiriendo al cabo Nobbs…

—¿Es humano? ¡Tiene una cara que parece uno de esos pasatiempos en los que tienes que ir uniendo los puntos!

—Sí, el pobre hombre tiene una buena colección de furúnculos. Hace trucos con ellos. Procura no interponerte nunca entre él y un espejo.

No había mucha gente en las calles. Hacía demasiado calor, incluso para lo que se estilaba en un verano de Ankh-Morpork. El calor irradiaba de cada superficie. El río se acurrucaba apáticamente en el fondo de su lecho, como un estudiante alrededor de las once de la mañana. Quienes no tenían ningún asunto acuciante que atender fuera de casa acechaban en los sótanos y solo salían de noche.



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