—Mi madre me tuvo por adopción.

—Oh. Sí, pero yo no soy una troll o una enana —dijo Angua dulcemente.

—No, pero eres una muj…

Angua se detuvo.

—Así que se trata de eso, ¿verdad? ¡Por todos los dioses! Estamos en el Siglo del Murciélago Frugívoro, ¿sabes? Cielos, ¿realmente es así como piensa?

—Le cuesta un poco adaptarse a los cambios. Tal vez esté algo anticuado.

—Fosilizado, diría yo.

—El patricio dijo que debíamos tener algo de representación por parte de los grupos minoritarios —dijo Zanahoria.

—¡Grupos minoritarios!

—Lo siento. De todas maneras, ya solo le quedan unos cuantos días más de…

Entonces hubo un ruido de cristales al otro lado de la calle. Zanahoria y Angua se volvieron en el preciso instante en que una figura salía corriendo de una taberna y huía como una liebre calle arriba, seguida de cerca —al menos durante unos cuantos pasos— por un hombre gordo que llevaba un delantal.

—¡Alto! ¡Alto! ¡Ladrón sin licencia!

—Ah —dijo Zanahoria.

Atravesó la calzada con Angua andando junto a él, mientras el gordo iba reduciendo el paso hasta convertirlo en un lento contoneo.

—Buenos días, señor Franela —dijo Zanahoria—. ¿Algún problema?

—¡Se llevó siete dólares y no me enseñó ninguna licencia de ladrón! —dijo el señor Franela—. ¿Qué va a hacer usted al respecto? ¡Yo pago mis impuestos!

—Enseguida emprenderemos una frenética persecución —dijo Zanahoria sin perder la calma, sacando su cuaderno de notas—. ¿Siete dólares, ha dicho?

—Al menos eran catorce.

El señor Franela miró a Angua de arriba abajo. Los hombres rara vez dejaban escapar la oportunidad de hacerlo.

—¿Por qué lleva un casco? —preguntó después.

—Es una nueva recluta, señor Franela.

Angua dirigió una sonrisa al señor Franela. Este dio un paso atrás.



22 из 348