
—Pero es una…
—Hay que adaptarse a los tiempos, señor Franela —dijo Zanahoria, guardando su cuaderno de notas.
El señor Franela volvió a concentrarse en los negocios. —Mientras tanto, hay dieciocho dólares de mi propiedad que nunca volveré a ver —dijo secamente.
—Oh, nil desperandum, señor Franela, nil desperandum —dijo Zanahoria alegremente—. Vamos, guardia interina Angua. Procedamos con nuestras indagaciones.
Siguió su camino, dejando a Franela mirándolos con la boca abierta.
—¡No se olvide de mis veinticinco dólares! —gritó.
—¿Es que no vas a perseguir a ese hombre? —preguntó Angua, echando a correr para no quedarse atrás.
—Eso no tendría ningún sentido —dijo Zanahoria, entrando en un callejón que era lo bastante angosto para ser casi invisible. Siguió andando entre las paredes húmedas y cubiertas de musgo, sumido en las oscuras sombras.
—Es muy interesante —dijo después—. Apuesto a que pocas personas saben que puedes llegar a la calle Céfiro desde la Vía Ancha. Pregúntaselo a cualquiera. Te dirán que no puedes salir del otro extremo del callejón de la Camisa. Pero sí que puedes hacerlo, porque basta con que vayas a la calle Mormius y luego puedes deslizarte por entre estos bolardos que hay aquí para entrar en la Vía Borborígmica. Excelentes, ¿verdad? Son de un hierro muy bueno. Y ya estamos en el callejón de Antaño…
Fue hasta el final del callejón y se detuvo a escuchar unos momentos.
—¿Qué estamos esperando? —preguntó Angua.
Hubo un sonido de pies que corrían. Zanahoria se apoyó en la pared y extendió un brazo hacia la calle Céfiro. Hubo un golpe sordo. El brazo de Zanahoria no se movió ni un centímetro. Tenía que haber sido como darse de narices con una viga.
Dólares de plata rodaban sobre los adoquines.
—Oh cielos, cielos, cielos —dijo Zanahoria—. El pobre Aquíyahora. Y además me prometió que lo iba a dejar. Oh, bueno…
