Con la excepción de Detritus, añadió mentalmente. En primer lugar, porque empuñada por la enorme mano del troll incluso la espada más larga parecía un mondadientes, y en segundo lugar, porque hasta que hubieran conseguido resolver el problema del saludo, Colon no estaba dispuesto a ver cómo un miembro de la Guardia se clavaba la mano en su propia oreja. Detritus tendría una porra, y le encantaría tenerla. Aun así, probablemente conseguiría matarse a porrazos.

¡Trolls y enanos! ¡Enanos y trolls! Él no se merecía aquello, no en ese momento de su vida. Y eso no era lo peor del asunto.

Colon volvió a toser. Cuando leyó de la tablilla, lo hizo con la voz cantarina de alguien que ha aprendido a hablar en público en la escuela.

—Bueno —volvió a decir, en un tono un tanto vacilante—. Entonces, veamos, aquí pone…

—¿Sargento?

—¿Y ahora q…? Oh, es usted, cabo Zanahoria. ¿Sí?

—¿No se está olvidando de algo, sargento? —preguntó Zanahoria.

—Pues no sé —dijo Colon cautelosamente—. ¿Me estoy olvidando de algo?

—Acerca de los reclutas, mi sargento. ¿Algo que tienen que prestar, en vez de llevar? —le echó una mano Zanahoria.

El sargento Colon se frotó la nariz. Veamos… Los reclutas habían, según la normativa en vigor, recibido y firmado por una camisa (de cota de malla), un casco, de hierro y cobre, una coraza, de hierro (excepto en el caso de la guardia interina Angua, quien necesitaba que se la adaptaran especialmente, y del guardia interino Detritus, quien había firmado por una coraza adaptada a toda prisa que en el pasado había pertenecido a un elefante de guerra), una porra, de roble, una pica o alabarda de emergencia, una ballesta, un reloj de arena, una espada de hoja corta (excepto para el guardia interino Detritus) y una placa, del tipo reglamentario, de guardia nocturno, de cobre.

—Me parece que ya lo tienen todo, Zanahoria —dijo—. Se ha firmado por todo. Hasta el mismo Detritus hizo que alguien pusiera una X por él.



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