Y entonces aquella mujer tan enorme se le había llevado de allí y le había metido dentro de un aprisco. Había otros dragones alrededor. A Regordete no le gustaban demasiado los otros dragones. Y la gente le daba un carbón extraño.

Regordete se sintió muy complacido cuando alguien le sacó del aprisco en plena noche. Pensó que iba a volver con el herrero.

Ahora estaba empezando a caer en la cuenta de que aquello no iba a suceder. Se encontraba dentro de una caja, le estaban llevando a algún sitio sacudiéndole de un lado a otro, y ahora sí que estaba empezando a enfadarse…


El sargento Colon se abanicó con su tablilla para los papeles, y luego miró fijamente a los guardias reunidos ante él.

Tosió.

— Bueno, gente — dijo —, sentaos.

— Ya estamos sentados, Fred — dijo el cabo Nobbs.

— Tienes que llamarme sargento, Nobby — dijo el sargento Colon.

— Y de todas maneras, ¿para qué tenemos que sentarnos? Antes no hacíamos todo esto. Me siento un poco memo, sentado aquí, oyéndote hablar de…

— Ahora que somos más, tenemos que hacer las cosas como es debido — dijo el sargento Colon — . ¡Bien! Ejem. Bien. De acuerdo. Hoy damos la bienvenida al guardia interino Detritus… ¡no saludes!, y al guardia interino Cuddy, así como también a la guardia interina Angua. Esperamos que tendréis una larga y… ¿Qué es eso que tiene ahí, Cuddy?

— ¿El qué? — preguntó Cuddy, inocentemente.

— No he podido evitar darme cuenta de que sigue teniendo ahí lo que parece ser un hacha arrojadiza de doble hoja, guardia interino Cuddy, y eso a pesar de todo lo que les he confiado anteriormente con respecto a las reglas de la Guardia.

— ¿Un arma cultural, sargento? — dijo Cuddy con voz esperanzada.

— Puede dejarla en su casilla. Los guardias llevan una espada de hoja corta y una porra.



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