
Luego la voz desapareció. Agamenón abrió los ojos. No vio a Néstor, el anciano, que se alejaba silenciosamente de la tienda. Pensó que había soñado. Y que en sueños se había visto vencedor. Entonces se levantó, se puso una suave túnica, nueva y hermosísima, y se echó un amplio manto encima. Se calzó las sandalias más bellas y se colgó de los hombros la espada tachonada con clavos de plata. Por último, cogió el cetro de sus ancestros y aferrándolo se encaminó hacia las naves de los aqueos, mientras la Aurora anunciaba la luz a Zeus y a todos íos inmortales. Dijo a sus heraldos que convocaran a asamblea con voz sonora a los aqueos, y cuando todos estuvieron reunidos, llamó en primer lugar a los nobles príncipes del consejo. Les explicó lo que había soñado. Luego dijo: "Hoy armaremos a los aqueos y atacaremos. Antes, sin embargo, quiero poner a prueba al ejército, estoy en mi derecho. Diré a los soldados que he decidido volver a casa y Renunciar a la guerra. Vosotros intentaréis convencerlos de que se queden y de que sigan luchando. Quiero ver qué es lo que sucede.»
Los nobles príncipes permanecieron en silencio, sin saber qué pensar. Luego se levantó Néstor, el anciano, precisamente él. Y dijo: «Amigos, príncipes y caudillos de los aqueos, si llegara uno cualquiera de nosotros y nos relatara un sueño como ése, no seguiríamos escuchándolo y pensaríamos que nos estaba mintiendo. Peto aquel que lo ha soñado se jacta de ser el mejor entre los aqueos. Por eso mismo os digo: vamos y armemos al ejército.» Luego se levantó y abandonó el consejo. Los otros lo vieron alejarse y, como siguiendo a su pastor, todos se levantaron a su vez y se marcharon a reunir a sus huestes.
