
Como cuando del agujero de una roca salen compactos los enjambres de abejas, uno tras otro, yendo en racimos sobre las flores de primavera y se alejan volando de aquí para allá, así de compactas eran las hileras de hombres que, salidos de las tiendas y de las naves, se dispusieron en masa frente a la orilla del mar, para la asamblea. La tierra retumbaba bajo sus pies y por todas partes reinaba el estruendo. Nueve heraldos, gritando, intentaban hacer que cesara el clamor para que todos pudiéramos oír la voz de los reyes que iban a hablar. Al final lograron que todos nos sentáramos y que cesara el estruendo. Entonces Agamenón se levantó. Aferraba en su puño el cetro que mucho tiempo antes había fabricado Hefesto. Hefesto se lo había entregado a Zeus, hijo de Cronos; y Zeus se lo dio a Hermes, el mensajero veloz. Hermes se lo entregó a Pélope, domador de caballos, y Pélope a Atreo, pastor de pueblos. Atreo, al morir, se lo dejó a Tiestes, rico en rebaños, y de Tiestes lo había recibido Agamenón, para que reinase sobre Argos y sobre las innumerables islas. Era el cetro de su poder. Lo apretó y dijo: «Dánaos, héroes, escuderos de Ares. El cruel Zeus me ha condenado a una feroz desventura. Primero me prometió y juró que regresaría después de haber destruido Ilio, la de las bellas murallas, y ahora me ordena que regrese a Argos sin gloria y después de haber enviado a la muerte a tantos guerreros. ¡Qué vergüenza! Un ejército espléndido, inmenso, está batallando contra un ejército de pocos hombres y, a pesar de todo, el final todavía no está a la vista. Nosotros somos diez veces más numerosos que los troyanos, pero ellos tienen valiosos aliados que vienen de otras ciudades, y esto va impedirme al final que conquiste la hermosa Ilio. Nueve años han pasado. Desde hace nueve años nuestras esposas y nuestros hijos nos esperan en casa. La madera de las naves está podrida y no hay cuerda que siga todavía tensa. Hacedme caso: huyamos en nuestras naves y volvamos a casa. Ya nunca conquistaremos Troya.»
