
En silencio, todos lo escuchaban atentamente. Los ancianos… Agamenón casi se agachó: «Una vez más, anciano, hablas con sabiduría.» Luego levantó su mirada hacia todos nosotros y dijo: «Id a prepararos, porque hoy atacaremos. Comed, afilad bien las lanzas, preparad los escudos, dad una buena comida a los veloces caballos, examinad vuestros carros: tendremos que combatir todo el día, y sólo la noche podrá separar la furia de los hombres. El pecho chorreará de sudor bajo el grandísimo escudo, y la mano se cansará de empuñar la lanza. Pero aquel que se atreva a huir de la batalla y a refugiarse junto a las naves, ése será hombre muerto.»
Entonces todos lanzaron un grito altísimo y se dispersaron luego entre las naves. Cada uno fue a prepararse para la batalla. Unos comían, otros afilaban las armas, había quien oraba y quien hacía un sacrificio a sus dioses, implorando escapar de la muerte. En poco tiempo, los reyes de estirpe divina agruparon a sus hombres y los fueron colocando en formación para la batalla, corriendo entre ellos, incitándolos a ponerse en marcha. Y, de pronto, para todos nosotros el combate fue más dulce que el retorno a la patria. Marchábamos, con nuestras armas de bronce, y parecíamos un incendio que devora el bosque y que puede verse desde lejos, puedes ver sus luminosos y brillantes resplandores subir hasta el cielo. Bajamos hasta la llanura del Escamandro como una inmensa bandada de pájaros que desciende desde el cielo y se posa con gran estrépito, batiendo las alas sobre los prados. La tierra retumbaba terriblemente bajo los pies de los hombres y los cascos de los caballos. Nos detuvimos cerca del río, delante de Troya. Éramos millares. Incontables como lo son las flores en primavera. Y tan sólo reñíamos un deseo: la sangre de la batalla.
