Héctor y los príncipes extranjeros aliados suyos reunieron entonces a sus hombres y se lanzaron fuera de la ciudad, a pie o a caballo. Nosotros oímos un inmenso estruendo. Los vimos ascender por la colina de Batiea, una colina que se erguía solitaria, en mitad de la llanura. Allí fue donde se desplegaron, a las órdenes de sus jefes. Luego empezaron a avanzar hacia nosotros, gritando como pájaros que graznan en el cielo anunciado una lucha mortal. Y nosotros marchamos hacia ellos, pero en silencio, con la rabia escondida en el corazón. Los pasos de nuestros ejércitos levantaron una polvareda que, como una niebla, como una noche, lo engulló todo.

Al final estuvimos los unos frente a los otros. Nos detuvimos. Y, entonces, de repente, de las filas de los troyanos salió Paris, semejante a un dios, con una piel de pantera sobre los hombros. Iba armado con un arco y una espada. Sujetaba en una mano dos lanzas con punta de bronce, y las blandía hacia nosotros desafiando a un duelo a los príncipes aqueos. Cuando Menelao lo vio, se alegró como el león que se lanza contra el cuerpo de un ciervo y lo devora. Pensó que había llegado el momento de vengarse del hombre que le había robado a su esposa. Y saltó a tierra desde su carro, empuñando las armas. Paris lo vio y el corazón le tembló. Se replegó entre los suyos, para huir de la muerte. Como un hombre que ha visto una serpiente y da un salto hacia atrás, y tiembla, y huye, pálidas sus mejillas. Así lo vimos huir. Hasta que Héctor lo detuvo, gritándole: «Maldito Paris, mujeriego, mentiroso. ¿No ves que los aqueos se están riendo de tí? Creían que eras un héroe, sólo porque se dejaban impresionar por tu belleza. Pero ahora saben que no tienes valentía y que no hay fuerza en tu corazón.



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