Los ejércitos permanecieron en silencio. Y entonces se oyó la voz poderosa de Menelao: «Escuchadme a mí también, que soy el ofendido y que más que cualquier otro tengo un dolor que debe ser vengado. Cesad de combatir, porque ya habéis sufrido bastante por esta guerra que Paris desencadenó. Combatiré yo, contra él, y será el destino el que decidirá quién de nosotros dos debe morir. Vosotros encontrad un modo de hacer las paces lo más rápido posible. Que los aqueos vayan a coger un cordero para ofrendárselo a Zeus. Y vosotros, troyanos, conseguid un cordero blanco y otro negro, para la Tierra y el Sol. E id a avisar al gran rey Príamo, para que sea él quien sancione las paces: sus hijos son soberbios y desleales, pero él es un anciano y los ancianos saben mirar al pasado y al futuro, juntos, y comprender lo que es mejor para todos. Que venga él y se firmen las paces: y que nadie ose infringir los pactos sancionados en el nombre de Zeus.»

Yo oí sus palabras y luego vi la alegría de aquellos dos ejércitos, unidos de manera imprevista por la esperanza de poner fin a aquella luctuosa guerra. Vi a los guerreros bajarse de los carros, y quitarse las armas que llevaban y dejarlas en el suelo, cubriendo los prados de bronce. Nunca había visto la paz tan cercana. Entonces me di la vuelta y busqué a Néstor, al viejo y sabio Néstor. Quería mirarlo a los ojos. Y en sus ojos ver morir la guerra, y la arrogancia de quien la desea, y la locura de quienes la libran.

HELENA

Como una esclava, aquel día yo estaba en silencio, en mis habitaciones, obligada a tejer sobre una tela del color de la sangre las empresas de los troyanos y de los aqueos en aquella dolorosa guerra que se libraba por mí.



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