
Entonces Paris respondió: «Tienes razón, Héctor. Pero tu corazón es inflexible, como un hacha que se hunde en la madera, recta… Me echas en cara mi belleza…, pero tú tampoco desdeñas los dones de los dioses. Las virtudes que los dioses nos han regalado, ¿podemos rechazarlas?, ¿acaso podemos escogerlas? Escúchame: si quieres que me bata en duelo, haz que se sienten todos los troyanos y todos los aqueos, y deja que Menelao y yo, ante los ojos de los dos ejércitos, nos enfrentemos por Helena. Aquel que venza se quedará con la mujer y todas sus riquezas. Y en cuanto a vosotros, troyanos y aqueos, firmaréis un tratado de paz, y los troyanos empezarán a vivir en la fértil tierra de Troya y los aqueos volverán a Argos, junto a sus riquezas y sus mujeres, hermosísimas.»
Grande fue la alegría de Héctor cuando escuchó esas palabras. Avanzó, él solo, entre los dos ejércitos, y levantando al cielo la lanza hizo una señal a los troyanos para que se detuvieran. Y ellos lo obedecieron. Nosotros empezamos enseguida a apuntarle, con flechas y piedras, y entonces Agamenón gritó: «¡Deteneos, aqueos, no le disparéis! ¡Héctor quiere hablarnos!» Y entonces nosotros también nos detuvimos. Se hizo un gran silencio. Y en ese silencio Héctor dijo, hablando para los dos ejércitos: «¡Escuchadme! Escuchad lo que dice Paris, el que ha desencadenado esta guerra. Quiere que depongáis las armas, y pide luchar él solo contra Menelao, y decidir en un duelo quién se quedará con Helena y con sus riquezas.»
