
Joss Le Guern iba con algo de retraso aquella mañana, algo muy poco habitual en él y, a través del ángulo exterior de sus ojos bajos, Decambrais lo vio llegar apurado y colgar sólidamente la urna vacía al tronco del plátano, aquella urna de color azul chillón bautizada pretenciosamente Viento de Norois II. Decambrais se preguntaba si el marinero tenía la cabeza en su sitio. Le hubiese gustado saber si había bautizado de aquella manera todos sus bienes, si sus sillas y sus mesas también tenían nombre. Después miró cómo Joss manipulaba la pesada tarima con sus manos de estibador, la calaba sobre la acera con tanta facilidad como si hubiese manipulado un pájaro, saltaba encima con una zancada enérgica como si se subiese a bordo de un barco y extraía las hojas de su chaqueta marinera. Una treintena de personas esperaban, dóciles, entre las cuales sobresalía Lizbeth, fiel en su puesto, con las manos en las caderas.
Lizbeth ocupaba la habitación número 3 de su casa y, a guisa de alquiler, ayudaba al buen funcionamiento de su pequeña pensión clandestina. Era una ayuda decisiva, luminosa, irreemplazable. Decambrais vivía con la aprensión de que un día un tipo le arrebatase a su magnífica Lizbeth. Aquello terminaría por llegar, inevitablemente. Grande, gorda y negra, Lizbeth resultaba visible desde lejos. No tenía ninguna esperanza, pues, de poder esconderla de los ojos del mundo. Además, Lizbeth no tenía un temperamento discreto, hablaba alto y distribuía generosamente su opinión sobre todas las cosas. Lo más grave era que la sonrisa de Lizbeth, felizmente poco frecuente, provocaba en el otro un deseo irreprimible de arrojarse entre sus brazos, de apretarse contra su gran pecho y quedarse a vivir allí toda la vida. Tenía treinta y dos años, y un día él la perdería. Por el momento, Lizbeth arengaba al pregonero.
