
Decambrais sabía que la situación del mar llevaba su tiempo. Volvió la hoja para releer los dos anuncios que tenía anotados de los días precedentes:
A pie con mi pajecillo (que no me atrevo a dejar en casa porque con mi mujer siempre está holgazaneando) para excusarme por no haber acudido a cenar a casa de Mme. (…), que, ya lo sé, está enfadada porque no le he procurado los medios de hacer sus compras a buen precio para su gran festín en honor a la nominación de su marido en el puesto de lector; pero eso me da igual.
Decambrais frunció las cejas, rebuscando de nuevo en su memoria. Estaba convencido de que este texto era una cita y que la había leído en algún lugar, un día, alguna vez, a lo largo de su vida. ¿Dónde? ¿Cuándo? Pasó al mensaje siguiente, fechado la víspera:
Tales signos son la abundancia extraordinaria de pequeños animales, que se engendran en la podredumbre, como las pulgas, las moscas, las ranas, los sapos, los gusanos, las ratas y similares que prueban tanto una gran corrupción en el aire como humiditat en la tierra.
