El marino había tropezado al final de la frase, pronunciando «humedtat». Decambrais había atribuido el fragmento a un texto del siglo XVII, sin mucha seguridad.

Citas de un loco, de un maniaco, eso era lo más probable. O bien de un sabihondo. O, si no, de un impotente que trataba de instaurar su poder destilando lo incomprensible, alzándose gozosamente por encima de la vulgaridad, hundiendo al hombre de la calle en su inmunda incultura. Sin duda estaba ahora en la plaza, mezclado entre el gentío, para alimentarse de las expresiones de estupefacción que provocaban los cultos mensajes que el pregonero leía con dificultad.

Decambrais golpeó la hoja con su lápiz. Incluso presentados desde este ángulo, los designios y la personalidad del autor permanecían oscuros. Así como el anuncio n.° 14 de la víspera, Iros a tomar por culo, pandilla de gilipollas, escuchado mil veces de maneras aproximativas, tenía el mérito de la claridad con su rabia breve y sumaria, de igual manera los mensajes alambicados del sabihondo se resistían al desciframiento. Para comprender necesitaba que creciese su colección, necesitaba escucharlo mañana tras mañana. Era quizás aquello, simplemente, lo que deseaba el autor: que se quedasen suspendidos de sus labios, cada día.

El estado de la mar había llegado a su fin, obtuso, y el pregonero retomó su letanía, con la hermosa voz que alcanzaba más allá del cruce. Acababa de concluir su sección Siete días en el mundo, en la cual arremolinaba a su manera las noticias internacionales del día.



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