
– ¿Por qué no le invitó?
– He estado en el extranjero una buena temporada. Desconectado. ¿Cuándo fue el feliz acontecimiento exactamente?
– En Navidad.
– ¿En Navidad? Richard debió ser increíblemente bueno todo el año si la encontró a usted bajo su árbol. Creo que yo deberé intentarlo con más fuerza.
– Richard no tiene ni siquiera que intentarlo. Le sale de forma natural.
Palabras, palabras, palabras. Se metería en problemas si no tenía cuidado.
Pero John Gannon no pareció ofenderse aunque era difícil saber en qué estaba pensando. Aquella sonrisa ocultaba muchas cosas.
– Puede dejar lo de señor, Pandora. Ya que nos estamos tuteando.
Dora lo miró furiosa. Que la ahorcaran si pensaba llamarle John.
– Gracias, Gannon.
– Cuando quiera.
– Y realmente preferiría que me llamara Dora.
– Intentaré recordarlo.
– ¿Ha dicho que ha estado en el extranjero?
– Sí.
– Ya entiendo.
Mientras echaba Sophie en el hueco dejado por ella en su cama todavía caliente y la abrigaba hasta la nariz, Dora pensó que quizá sí entendiera. La pequeña tenía el pelo moreno. Bien, también Gannon, pero la piel de Sophie era de color oliva, con un aspecto mediterráneo. Se dio la vuelta hacia él.
– ¿La ha raptado? -él la miró fijamente-. ¿Se la ha quitado a su madre? Esto es uno de esos terribles casos de amor y posesión, ¿verdad?
Casi había esperado que explotara ante su acusación. En vez de eso pareció interesado en su razonamiento.
– ¿Y qué le hace pensar eso?
– Bueno, es perfectamente evidente que no es usted un vagabundo asaltante de casas, Gannon. Sólo estaba buscando algún sitio para acostarse y se acordó de esta casa suponiendo que estaría vacía.
– Ha sido un error por mi parte. Pero Richard me habría ayudado si hubiera estado aquí. ¿Cuándo volverá?
– Usted no lo conoce bien si cree que le ayudaría a raptar a una niña a su madre.
