
Ahora estaba segura de que no tenía intención de hacerla daño. Pero seguía siendo un hombre peligroso.
Y cada vez que la llamaba señora Marriott y ella aceptaba el nombre, estaba convirtiendo un malentendido conveniente en una mentira.
– Por favor, no me llame así.
Él enarcó levemente las cejas.
– ¿Por qué no? ¿No es su apellido?
Dora ni lo confirmó ni lo negó.
– Esas formalidades me parecen un poco fuera de lugar, ¿no cree? Mi nombre es Pandora, pero la mayoría de la gente me llama Dora.
– Yo no soy la mayoría de la gente.
– No. La mayoría de la gente no asalta una casa en mitad de la noche para dar un susto de muerte a mujeres inocentes.
– Yo diría que es discutible quién ha asustado más al otro. Pero quizá, dadas las circunstancias, debería llamarla Pandora. Así no será tan familiar.
– ¿Dadas qué circunstancias?
– Dadas las circunstancias que está usted casada con mi buen amigo, Richard Marriott. Aunque por alguna razón, no parece que lleve usted anillo de casada.
Aquel hombre era definitivamente peligroso.
– Al contrario que la creencia popular, no creo que eso sea algo compulsivo -sabía que aquello no le satisfaría, pero no le dio tiempo a decirlo-. No recuerdo haberle visto en la boda, por cierto.
Porque no había estado allí. Aunque ella y Poppy tenían un gran parecido familiar, su hermana emanaba lujo y elegancia por todos los poros de su cuerpo.
– ¡Oh, no, por supuesto que usted no estaba allí! Ni siquiera sabía que Richard se había vuelto a casar.
– Una gran ceremonia, ¿no?
– Bastante grande.
El estatus de Richard de aristócrata menor garantizaba el interés de los medios y en cuanto Poppy… Bueno, cualquier cosa que Poppy hiciera era noticia. Pero a pesar del tumulto, ella sabía que Gannon no había estado allí. No hubiera olvidado una cosa tan peligrosa sobre dos piernas como John Gannon. Se dio media vuelta.
