Se frotó los brazos y se apartó de la ventana para buscar la bata de seda sabiendo que en medio de una tormenta no podría dormir. Abajo podría encender el equipo de música para ahogar el ruido y ya dormiría más tarde. Ése era uno de los placeres de estar sola con un número de teléfono que sólo la familia muy cercana conocía.

Alzó el pestillo de la puerta y salió al descansillo. Se prepararía un té primero y después…

Entonces escuchó el sonido de nuevo y supo que no era el trueno lo que la había despertado.

Sonaba más como una tos seca y áspera, del tipo de la de un niño enfermo y tan cercana que podría estar dentro de la casa.

Pero aquello era ridículo. La granja tenía un buen sistema de seguridad. Su cuñado lo había instalado después de que un vagabundo entrara y se instalara como en su casa. Y estaba casi segura de no haber dejado ninguna ventana abierta.

Casi segura.

Se asomó a la barandilla escuchando durante un rato interminable. Pero no oyó nada, sólo los fuertes latidos de su corazón desbocado.

¿Se lo habría imaginado? Dio un paso abajo. La granja estaba a millas de la carretera más cercana, por Dios bendito y había estado lloviendo a jarros. Quizá hubiera sido el grito de algún animal pequeño, después de todo. Sin embargo, vaciló en las escaleras.

Entonces, un trueno amenazador como si la tormenta ya hubiera pasado las colinas y estuviera en el mismo valle, le lanzó corriendo escaleras abajo. Pero incluso al buscar el interruptor, supo que el trueno era el menor de sus problemas y se llevó la mano a la boca cuando vio, iluminada por la luz de la luna, la cara de una niña pequeña tensa de cansancio.

Estaba en medio del salón y por un aterrador momento, Dora estuvo segura de que había visto un fantasma. Entonces la niña tosió de nuevo. Dora no era experta en el tema, pero estaba segura de que los fantasmas no tosían.



2 из 121