Sí, temblando bajo la fina manta que la envolvía, con el húmedo pelo negro pegado a la cara y los pies descalzos, la pequeña parecía tan miserable como las pequeñas criaturas que ella había visto en los campos de refugiados.

Por un momento se quedó pegada en el suelo, no asustada, pero nerviosa por la repentina aparición de aquella extraña criatura en medio del salón de su hermana con sus ojos enormes fijos en ella. Había algo inquietante en la inmovilidad de la niña.

Entonces, al recuperar el sentido común, se dijo que no tenía nada que temer. No importaba de donde hubiera salido la niña, necesitaba calor y consuelo y cruzó la moqueta descalza alzando a la niña en brazos y abrazándola contra su propio cuerpo.

Por un momento, los ojos de la niña se abrieron mucho de miedo y permaneció rígida contra ella, pero Dora empezó a arrullarla.

– Está bien, dulzura -murmuró en un susurro-. No tienes que tener miedo de nada.

La niña la miró parpadeando cuando Dora le acarició el pelo y se lo apartó de la frente. Tenía la piel seca y caliente a pesar de lo delgada que estaba.

Fuera quien fuera, de una cosa estaba segura: debería estar en la cama, no vagabundeando por casas extrañas. Y necesitaba un médico.

– ¿Cómo te llamas, cariño?

La pequeña la miró un momento y entonces, entre un suspiro y un gemido dejó caer la cabeza en el hombro de Dora. No pesaba nada y casi todo era por la manta. Dora le quitó la horrible tela y la envolvió en su bata de seda. ¿Quién era? ¿De dónde había salido?

Con la pregunta todavía flotando en su cabeza escuchó de repente un crujido tras la puerta del salón y la maldición ronca de un hombre.

Parecía que la niña no estaba sola. Y Dora, de repente enfadada, decidió que quería tener unas palabras con el ladrón que utilizaba a una niña enferma para sus actividades nocturnas. Sin considerar la posibilidad de que el segundo intruso pudiera ser peligroso, abrió la puerta de par en par y encendió la luz.



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