
— Con red — respondió Zurita.
— La cortará, igual que le rajó el vientre al tiburón.
— Podemos encargar una metálica.
— ¿Y quién lo va a cazar? A nuestros buzos les entra tembleque en cuanto les mencionas al «demonio». No se atreverían ni por un saco de oro.
— Baltasar, y tú, ¿te atreverías?
El indio se encogió de hombros:
— Jamás he cazado «demonios marinos». Se le podría acechar y, si es de carne y hueso, matarlo; eso no sería difícil. Pero usted lo necesita vivo.
— Baltasar, ¿no le tienes miedo? ¿Qué opinas del «demonio marino»?
— ¿Qué puedo opinar del jaguar que sobrevuela los mares, o del tiburón que trepa a los árboles? A la fiera desconocida siempre se la teme más. Pero me encanta cazar animales fieros.
— Te aseguro que la recompensa será generosa. — Zurita le estrechó la mano y continuó desarrollando su plan-: Cuantos menos participen, mejor. Trata este asunto con los araucanos. Es gente valiente, ingeniosa. Si los nuestros no accedieran, busca entre otros. El «demonio» se mantiene junto a la orilla. Hay que localizar su guarida. Así caerá en la red con más facilidad.
Zurita y Baltasar se enfrascaron de lleno en el asunto. Por encargo del patrón se elaboró una red de alambre, semejante a un enorme tonel sin fondo. En el interior del retel se colocaron redes de cáñamo para que el «demonio» se enredara en ellas como en una telaraña. La tripulación fue despedida. De toda la marinería del «Medusa» Baltasar sólo consiguió persuadir a dos araucanos para que participaran en la cacería del «demonio». A los otros tres los reclutó en Buenos Aires.
Decidieron acechar al «demonio» en la bahía donde la tripulación del «Medusa» lo vio por primera vez.
