Para no despertar sospechas del monstruo, la goleta ancló a varios kilómetros del lugar previsto. Zurita y sus acompañantes se dedicaban a pescar, de vez en cuando, como si eso fuera el objetivo de su presencia. Simultáneamente, tres de ellos se turnaban atalayando desde la orilla lo que sucedía en la bahía.

Tocaba su fin la segunda semana, pero el «demonio» no aparecía por parte alguna.

Baltasar trabó amistad con la gente costanera, rancheros indios a quienes vendía pescado a bajo precio y, conversando con ellos sobre los avatares de la vida, les sonsacaba información acerca del «demonio marino». De esa forma el viejo indio se enteró de que el lugar elegido para el acecho era el más adecuado: muchos indios, de los que residían más cerca de la costa, habían oído los trompetazos y detectado sus pisadas en la arena. Aseveraban que los talones del «demonio» eran como los humanos, pero los dedos, mucho más largos. En ocasiones los indios advertían en la arena la impronta de su espalda, solía acostarse en la playa.

El «demonio» no causaba daño alguno a los lugareños, y éstos dejaron de prestar atención a las huellas que él, de vez en vez, solía dejar, patentizando así su presencia. Pero nadie afirmaba haberlo visto.

El «Medusa» permaneció en la bahía dos semanas haciendo ver que pescaba. Durante esas dos semanas Zurita, Baltasar y los indios contratados no le quitaron ojo a la superficie del mar, pero el «demonio marino» no aparecía. Zurita comenzó a inquietarse. Era impaciente y avaro. Cada día costaba dinero y ese «demonio» se estaba haciendo esperar. Pedro comenzó a vacilar. Si ese monstruo resulta ser sobrenatural, no se le va a poder cazar con ningún tipo de red. Y no sólo eso, resultaría riesgoso enfrentarse a un diablo como ese: Zurita era supersticioso. ¿Qué hacer? ¿Traer al «Medusa», por si acaso, un sacerdote con cruz y custodias? Pero eso supondría mayores gastos.



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