En torno al tonel se extendía una gran mancha, consecuencia del agua derramada.

De vez en cuando se levantaba algún pescador medio dormido y, atropellando a los tumbados, se dirigía al tonel tambaleándose y pisando brazos, piernas y cuanto se le ponía por delante. Sin abrir los ojos, echábase al coleto una vasija de agua y se dejaba caer en cualquier lugar, cual se hubiera tomado alcohol puro y no agua. A los buzos les atormentaba la sed: por la mañana resulta peligroso desayunar antes de la jornada — la presión en el fondo es demasiado alta —, por eso trabajan todo el día en ayunas hasta que oscurece en el fondo, pudiendo comer sólo al caer la noche, antes de acostarse a dormir. Y su casi único alimento era la cecina.

Esa noche le tocaba hacer guardia al indio Baltasar; hombre de confianza del capitán Pedro Zurita, propietario de la goleta «Medusa».

En sus años mozos, Baltasar había sido famoso pescador de perlas: podía permanecer bajo el agua noventa y hasta cien segundos, el doble de lo común.

«¿Por qué así? Pues muy sencillo, porque en nuestra época sabían enseñar y lo hacían desde la misma infancia — les decía Baltasar a los principiantes —. Tendría yo unos diez años cuando mi padre me hizo aprendiz de don José, lugareño que enseñaba a doce jovenzuelos y lo hacía del modo siguiente. Tiraba un guijarro blanco o una ostra al agua y ordenaba: ¡Bucea y tráemela! Seguidamente iba tirándola a lugares siempre más hondos. Quien volviera sin ella era azotado y lanzado al agua como un cachorro. ¡Bucea de nuevo! Así nos enseñó a bucear. Después comenzó a adiestrarnos en el arte de permanecer el mayor tiempo posible bajo el agua. El viejo y experto pescador bajaba al fondo, amarraba una canasta o una red al ancla, y nosotros debíamos bucear y desamarrarla. Pero que a nadie se le ocurriera aparecer en la superficie sin haber desatado el nudo, pues le esperaba un latigazo.

Nos flagelaban sin piedad.



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