Semejante maltrato no era soportable para cualquiera; no obstante, llegué a ser el mejor buzo de la comarca. Ahora sí, debo confesar que mis esfuerzos eran compensados con pingües ganancias.»

Llegó la vejez, y Baltasar abandonó tan riesgoso oficio: la pierna izquierda mutilada por un tiburón y una horrenda cicatriz en el costado. Abrió en Buenos Aires una tiendecita y se dedicó a vender perlas, corales, conchas y otras rarezas del mar. Pero la vida en tierra firme le aburría; su único alivio era buscar perlas, faena a la que se incorporaba con frecuencia. Los industriales le brindaban su simpatía y aprecio, pues nadie mejor que Baltasar conocía la bahía de La Plata, sus aguas costeras y los lugares donde pululaban las ostras perlíferas. Los pescadores, su respeto. Nadie como él sabía contentar a todos: buzos y amos.

De los principiantes no guardaba secretos, les enseñaba cuanto estaba relacionado con el oficio: a retener la respiración, repeler ataques de tiburones y, cuando estaba de buen humor, hasta a sisarle al amo la mejor perla.

Los industriales, propietarios de goletas, le apreciaban por su destreza, pues era un hombre a quien le bastaba una fugaz mirada para determinar, de modo infalible, el valor de la perla y seleccionar rápidamente las mejores para el amo.

Eso contribuía a que los industriales le utilizaran gustosos en calidad de ayudante o asesor.

Sentado en un barril, Baltasar se deleitaba fumando un habano. La luz de un farol, colgado del mástil, iluminaba su rostro araucano: ovalado, sin pómulos abultados, nariz perfecta y grandes ojos. Los párpados de Baltasar caían cual si fueran de plomo y se tornaban perezosos al abrirse. Estaba dormitando. Pero si sus ojos dormían, los oídos permanecían alerta. Vigilaban y advertían la inminencia del peligro, incluso hallándose inmerso en el más profundo sopor.



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