Pero en este preciso momento Baltasar sólo oía suspiros y farfullar de los durmientes. Desde la orilla llegaba el pestilente olor a ostras perlíferas en putrefacción: las dejaban pudrirse para sacarles con más facilidad las perlas ya que el molusco vivo es más difícil de abrir. Para quien no esté habituado, ese olor le resultará repugnante, pero Baltasar lo inhalaba con satisfacción. A un vagabundo, un buscador de perlas como él, ese olor le arrulla recordándole las alegrías que ofrece la vida libre y los emocionantes peligros que entraña el mar.

Tras sacarles las perlas, las conchas más grandes eran trasladadas a bordo del «Medusa». Como buen negociante, Zurita vendía esas conchas a una fábrica productora de botones y gemelos.

Baltasar dormía. El relajamiento debilitó muy pronto la presión de los dedos que, al aflojarse, soltaron el puro. La cabeza le cayó sobre el pecho.

Pero a su conciencia llegó un sonido extraño, procedente del océano. El sonido volvió a repetirse más cerca. Esta vez Baltasar abrió los ojos. Era como si alguien tocara una trompa y luego una joven y alegre voz humana gritara: «¡Ah!» y luego una octava más alto: «¡Ah-a!»

El melodioso sonido de la trompa no se semejaba al desapacible de la sirena de un vapor; tampoco la alegre exclamación se parecía, en modo alguno, al grito de auxilio de un náufrago. Era algo nuevo, insólito. Baltasar se puso en pie, y la sensación de que la noche había refrescado súbitamente se apoderó de él. Fue hacia la borda y escrutó el espejo del océano. Ni un alma. El silencio era ensordecedor. Baltasar pateó a un indio que yacía a sus pies y, apenas incorporado éste, le dijo quedo, muy quedo:

— Grita. Debe ser él.

— No le oigo — respondió también bajito el indígena, todavía de rodillas y tratando de oír lo que le decían. En ese preciso momento volvieron a romper súbitamente el silencio la trompa y el grito:

— ¡Ah-a…!

Al oír el sonido, el indio se agachó como si le hubieran soltado un latigazo.

— Sí, debe ser él — profirió el indígena, castañeteando los dientes del susto.

Despertaron los demás pescadores.



4 из 177