— Y, sin dejar de rezongar, retiróse el capitán a su camarote.

Pero ya se había desvelado. Encendió la lámpara, prendió su cigarro puro y comenzó a pasearse por el reducido camarote. Pensaba en el extraño ente que, desde cierto tiempo acá, había aparecido en aquellas aguas, infundiendo pavor a pescadores y costeros.

Nadie había visto todavía al monstruo, pero él ya se había hecho sentir en diversas ocasiones. Sobre su existencia corrían fábulas, contadas por los marineros a media voz, tal era el miedo que tenían de ser oídos por él.

Unos decían ser perjudicados por su presencia; otros, inesperadamente, beneficiados. «Es el Dios del mar — decían los indios más viejos —, que emerge cada milenio de las profundidades oceánicas para restablecer la justicia en la tierra.»

Para los supersticiosos españoles — persuadidos por los sacerdotes católicos — era el demonio marino, que se le aparecía a la gente olvidadiza e irrespetuosa para con la sagrada iglesia católica.

Esos rumores llegaron de boca en boca hasta Buenos Aires. El «demonio marino» devino, durante varias semanas, pasto de cronistas y panfletistas en la prensa menos prestigiosa. Todo naufragio de goletas o pesqueros en circunstancias imprecisas, ruptura de redes o desaparición de peces capturados se le atribuía al «demonio marino». No obstante, había quien contaba que se dieron casos cuando echó grandes peces a botes de pescadores y, en cierta ocasión, hasta salvó a un náufrago.

Hubo incluso un hombre que aseveraba: cuando él comenzó a hundirse, alguien le sostuvo por la espalda y, manteniéndole a flote, le llevó hasta la orilla, desapareciendo en las olas tan pronto el salvado pisó la arena.

Lo más asombroso era que nadie había logrado ver al «diablo», ni podía describir al enigmático ser.



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