No faltaron, naturalmente, «testigos oculares». Estos pintaban al monstruo con cornamenta, barba de chivo, zarpas de león y cola de pez, o en forma de gigantesco sapo con cuernos, y piernas de hombre.

Las autoridades de Buenos Aires, al principio, no prestaron atención a ese género de rumores y publicaciones, considerándolos mera fantasía.

Pero la inquietud cundía — fundamentalmente en los medios pesqueros — en grado tal que muchos pescadores decidieron no hacerse a la mar. La captura se vio reducida de inmediato, y, como consecuencia, la oferta en el mercado. Esto obligó a las autoridades a investigar el caso, y a enviar con ese fin varios vapores y lanchas motoras de la guardia costera con la misión de «detener al sujeto que sembraba el pánico entre la población del litoral».

La policía se pasó dos semanas surcando la bahía de La Plata y recorriendo sus costas, pero sólo pudo arrestar a varios indios como difusores de falsos rumores, con lo que contribuían a propagar y exacerbar la inquietud. El «diablo» seguía imperceptible.

El jefe de la policía hizo público un bando especial, en el que patentizaba la inexistencia de «diablo» alguno y afirmaba que los rumores al respecto no eran mas que vanas imaginaciones de gente ignorante, ya arrestada, y que llevará el merecido castigo. Persuadía a los pescadores a preterir esos rumores y reanudar la pesca.

Esto contribuyó a que la gente se tranquilizara por cierto tiempo. Pero las bromas del «demonio» no cesaban.

Cierta noche, unos pescadores que se hallaban lejos de la orilla se despertaron al oír los balidos de un corderito, aparecido milagrosamente en la cubierta del barco. Otros hallaron sus redes rotas y haladas.

Contentos por la reaparición del «diablo», los periodistas esperaban ahora la explicación científica del fenómeno.

Y esta no se hizo esperar.

Los científicos opinaban que en el océano no podía existir monstruo marino alguno ignorado por la ciencia y, sobre todo, capaz de realizar hechos propios exclusivamente del hombre.



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