
– Yo no soy un… – afortunadamente se paró a tiempo-. Yo no voy a salir corriendo -lo enmendó poniéndose lentamente de pie-. No he hecho nada malo.
– Salvo entrar sin permiso, ¿verdad?
Sólo entonces la luna apareció entre las nubes, y su rostro dejó de ser una sombra amenazadora, sino la de un hombre de carne y hueso. Contuvo el aliento.
Él era alto, ancho de espaldas y delgado. Aunque ella no prestaba normalmente atención a esas cosas, también era el hombre más apuesto que había visto en su vida. Llevaba el lazo de la corbata suelto y los extremos colgaban del cuello abierto de su camisa blanca con unos pequeños botones de ónice. Llevaba pantalones negros y estaba tranquilamente de pie, con una mano apoyada en la cadera, y el puro encendido todavía entre sus dientes.
– ¿Qué llevas ahí? -señaló con la cabeza hacía la pared donde estaba tirado su paquete.
– ¡Nada que le importe!
– Enséñamelo.
Kit quería desafiarlo, pero no sabía si saldría victoriosa, de modo que cogió el paquete de malos modos, lo colocó encima de la hierba y lo abrió.
– Una muda de ropa, los Ensayos del señor Emerson, y el revolver Pettingill de mi padre de seis disparos -no dijo nada del billete de tren para volver a Charleston que estaba en el interior del libro-. Nada que pueda interesarle.
– ¿Qué hace un muchacho como tú leyendo los Ensayos de Emerson?
– Soy un discípulo.
Los labios de Cain temblaron ligeramente.
– ¿Tienes dinero?
Ella se agachó para envolver su paquete.
– Claro que tengo. ¿Cree que sería tan pueril como para venir a una ciudad extraña sin dinero?
– ¿Cuánto?
– Diez dólares -dijo ella insolentemente.
– No podrás vivir mucho en una ciudad como Nueva York con eso.
Sería incluso más crítico si supiera que en realidad sólo le quedaban tres dólares y veintiocho centavos.
