
Si no hubiera cambiado todo tan rápido. Carolina del Sur. Rutherford. Risen Glory. Incluso ella misma. El anciano creía que ella era un chico, pero no lo era. Había cumplido los dieciocho, y era una mujer. Algo que su mente rechazaba, pero su cuerpo no le dejaba olvidar. El cumpleaños, su sexo, todo parecía un accidente, y como un caballo ante una valla demasiado alta, había decidido negarse a admitirlo.
Descubrió a un policía más adelante y se escabulló entre un grupo de trabajadores que llevaban cajas de herramientas. A pesar de la tarta, todavía tenía hambre. También estaba cansada. Ojalá estuviera ahora en Risen Glory, subiéndose a uno de los melocotoneros del huerto, o pescando, o hablando con Sophronia en la cocina. Para tranquilizarse metió la mano en el bolsillo y apretó el pequeño papel con la dirección de su destino, aunque tenía impresas las letras en la memoria.
Antes de encontrar un lugar para pasar la noche, tenía que echar un vistazo a la casa. Quizás pudiera ver al hombre que amenazaba lo que más quería. Entonces planificaría lo que ningún soldado de los Estados Confederados de América había sido capaz de hacer. Sacaría su arma y mataría al Major Baron Nathaniel Cain.
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Baron Cain era un hombre peligrosamente apuesto con el pelo rubio leonado, una nariz cincelada y ojos grises que daban a su rostro el aspecto de un hombre temerario que vivía al límite. También estaba aburrido. Aunque Dora Van Ness era hermosa y sexualmente aventurera, estaba arrepentido de haberla invitado a cenar. No estaba de humor para escuchar su estúpida charla. Sabía que estaba preparada, pero siguió bebiendo tranquilamente su brandy. Estaba con las mujeres según sus términos, no los de ellas, y un brandy con tanta solera no se podía beber deprisa.
El anterior propietario de la casa tenía una excelente bodega en el sótano cuyo contenido junto con la casa había conseguido Cain gracias a sus nervios de acero y una pareja de reyes. Cogió un fino puro de un bote de madera que el ama de llaves había dejado para él en la mesa, cortó el final y lo encendió. En pocas horas debía estar en uno de los exclusivos clubs de Nueva York para lo que se auguraba una partida de póker con apuestas elevadas. Antes de eso, probaría los encantos íntimos de Dora.
