
Mientras se inclinaba para atrás en su silla, la vio mirar persistentemente la cicatriz que desfiguraba el dorso de su mano derecha. Era una de tantas que acumulaba, y todas y cada una parecían encantarla.
– No creo que hayas escuchado una sola palabra de lo que te he dicho esta noche, Baron -se lamió los labios, y le sonrió astutamente.
Cain sabía que las mujeres lo encontraban atractivo, pero no le interesaba demasiado, y tampoco le enorgullecía. Según él lo veía, su cara era una maldición más. La herencia de un padre de voluntad débil y una madre que se abría de piernas para cualquier cosa que llevara pantalones.
Tenía catorce años la primera vez que fue consciente de las miradas de las mujeres, y había disfrutado con la atención. Pero ahora, doce años más tarde, había tenido demasiadas mujeres, y ya se había cansado.
– Claro que te he escuchado. Estabas dándome las razones por las cuáles debería trabajar para tu padre.
– Es muy influyente.
– Ya tengo un trabajo.
– De verdad, Baron eso no es un trabajo. Es una actividad social.
Él la miró levemente.
– No hay nada de social en esto. El juego es la forma en que me gano la vida.
– Pero.
– ¿Te apetece subir arriba, o quieres que te lleve a tu casa? No quiero demorarme mucho aquí.
Ella se puso de pie de inmediato y en un minuto estaba en su cama. Tenía unos pechos llenos y maduros y él no pudo entender por qué no se sentía mejor con ellos en las manos.
– Lastímame -susurró ella-. Sólo un poco.
Él estaba cansado de lastimar, cansado del dolor del que parecía no poder escapar aunque la guerra ya había acabado. Hizo un mohín cínico.
