– Vamos, preciosa, sube. No esperes a que te lo pida.

Aunque viva cien años, nunca llegaré a entender a los hombres.

– ¿Por qué no aparcas un momento ahí, al doblar la esquina, y hablamos? -le sugerí, recuperándome de mi desconcierto. Ir a cualquier lado con un posible cliente es peligroso y está estrictamente prohibido.

El sedán dobló la esquina y entró en un pequeño aparcamiento. Yo acudí a pie. El conductor paró el motor y ocupé el asiento del pasajero.

– ¿Cómo te va? -preguntó.

Me encogí de hombros y lo estudié tras la palidez de mi maquillaje. Era difícil calcular su edad. Unos treinta y cinco, tal vez. Ya lo leería en su permiso de conducir cuando lo arrestase.

– ¿Cómo te llamas? -quiso saber.

– Sarah -respondí.

– Sarah -repitió-. Yo me llamo Gareth, pero puedes llamarme Gary. Casi todo el mundo me llama así.

El acento de Arkansas resultaba encantador, pero yo seguí adelante con mi trabajo.

– ¿Y qué planes tienes para esta noche, Gary?

Hizo caso omiso de mi insinuación y respondió:

– Hoy dormiré aquí. Voy hacia el norte, a pescar un poco.

– Sí -dije-. Ya he visto la caña ahí detrás.

– La he diseñado yo -explicó con una débil sonrisa-. Me gano la vida con eso. Bueno, hago un par de cosas. Diseñar cañas de pescar es una de ellas. ¿Quieres un cigarrillo?

– No, gracias -respondí.

– Bien, pues yo voy a fumar uno -dijo.

Por lo general, los hombres son nerviosos y siempre tienen prisa. En cambio, aquel tipo se comportaba como si estuviéramos tomando una copa en una coctelería. Parecía encontrarse muy a gusto, exhalando el humo por la ventanilla con un placer casi sibarítico.

– Sí -prosiguió, meditabundo-, me han contado que ahí arriba, en los lagos, están los mejores cotos de pesca de todo el país. ¿Es verdad?

– No lo sé, yo no pesco -contesté sin convicción. Era la primera vez que tenía que dar palique a un putero y las cosas no estaban saliendo bien.



10 из 363