
– Unos amigos me recomendaron que viniera -prosiguió-. Mi mujer murió hace unos años y, desde entonces, nunca me he tomado unas vacaciones.
Bajó la mirada, como si al decir aquella última frase se hubiese sentido avergonzado, y advertí que tenía las pestañas negras, mucho más oscuras de lo que parecía corresponder al resto de su tez. Me pregunté si habría estado con otra mujer durante esos años a los que acababa de aludir, o si por el contrario buscaba una manera de seducirme para que fuese la primera. Y entonces me imaginé, un día no muy lejano, declarando ante un juez y explicándole que, en un mundo lleno de hombres que pegaban a las prostitutas, que se gastaban en sexo el dinero de la leche de sus hijos y que contagiaban enfermedades venéreas a sus esposas, yo había salido a hacer la calle en Hennepin en nombre de la Oficina del Sheriff y había arrestado a un diseñador de cañas de pescar viudo y amable.
– Gary -dije, irguiéndome en el asiento-, ¿vas a pedirme sexo?
El hombre parpadeó, pero me pareció ver un brillo divertido tras sus gruesas gafas.
– ¿Aquí en Minnesota siempre tenéis tanta prisa? -inquirió.
– Bueno -respondí-, no puedo hablar por todos y, además, yo vengo del Oeste, pero en mi caso la impaciencia tiene mucho que ver con mi trabajo de detective en la oficina del sheriff del condado de Hennepin; si me propones algún trato que implique dinero a cambio de sexo, tendré que arrestarte y, ya que no te veo muy interesado, preferiría que no lo hicieras. ¿Me equivoco en lo del poco interés?
Gary, a quien estuvo a punto de caérsele el cigarrillo en el regazo, preguntó:
– ¿Eres policía?
– Pues sí, al menos en mis días buenos -respondí, al tiempo que abría la puerta del Chevrolet y me apeaba. Antes de marcharme, me volví y añadí-: Una última cosa.
Me disponía a dejarlo con la advertencia de que mientras estuviera en Mineápolis no importunara a las chicas que hacían la calle, pero entonces me fijé en algo que debería haber visto antes.
