
Esta frase podía interpretarse de dos modos. Podía significar: «Es un caso muy dudoso y por eso se lo paso a mi investigadora más joven y novata, la que ya ha levantado una nube de sospechas en el departamento». O bien: «Es un caso difícil, con pocas pistas, un caso que necesita una mano sutil. Demuéstrame lo que vales, Pribek».
– ¿Y qué quiere que haga? -le pregunté.
– Pregunta por ahí, haz averiguaciones entre tus confidentes -respondió Prewitt.
– Claro -dije-. Lo haré.
Se marchó con un leve movimiento de barbilla que significaba: «Adelante».
Abrí el último cajón del escritorio y busqué un sobre que guardaba en él. Contenía un surtido variopinto de papelitos con los nombres y teléfonos de mis confidentes. Los examiné mientras decidía por dónde empezar. Prewitt no había dado a entender que el caso del médico sin licencia fuese urgente. Tampoco parecía confiar demasiado en que yo descubriese algo. Precisamente por eso, quería empezar a trabajar de inmediato. Encontraría a aquel tipo antes de lo que Prewitt esperaba. Iba a demostrarle lo que valía.
– ¿Sarah? -dijo alguien tras un carraspeo.
Delante de mí estaba Tyesha, una de nuestras empleadas de refuerzo, que no pertenecía al cuerpo. Medía metro cincuenta y cinco y a los treinta años seguía delgada, pese a haber tenido tres hijos. Era la recepcionista, atendía el teléfono y dirigía el flujo de llamadas.
– ¿Qué ocurre? -pregunté.
– Aquí hay una joven que quiere hablar sobre la desaparición de su hermano -respondió Tyesha.
– ¿Ha presentado denuncia? -quise saber.
– Dice que sí, pero es un poco más complicado que eso -explicó la secretaria-. Le gustaría hablar del asunto con alguien.
– Muy bien. Hazla pasar.
Tyesha volvió al cabo de un momento con una chica un par de centímetros más baja que ella y de constitución delgada y frágil. Vestía lo que yo consideraba ropa de ejecutiva: una lustrosa camisa violeta de seda, unos pantalones negros y unos zapatos también negros de tacón bajo. Tenía el cabello rubio y largo, los ojos azules y la piel blanca como la leche.
