El más pequeño, que iba montado en la barra, había caído por encima de la barandilla cuando su hermano perdió el equilibro tras una maniobra brusca de la bicicleta. Ese mismo hermano, el mayor de los tres, había saltado al agua al instante para intentar rescatarlo, y había sobrevivido. El pequeño, demasiado menudo y débil, había sido arrastrado por el remolino y había muerto.

Los padres habían insistido en presentarse en comisaría al día siguiente del accidente para darme las gracias. Los acompañaban sus parientes, que hablaban un inglés rudimentario pero inteligible. A mí me acompañaba la relaciones públicas de nuestro departamento, que parecía tan incómoda como yo. Fue un encuentro lingüísticamente complicado y sumamente triste, hasta el punto que casi hubiese preferido que no se tomasen la molestia.

Hacía un momento que había vuelto a mi sitio cuando mi teniente, que salía, se detuvo a mi altura.

– Detective Pribek -dijo-. Te encuentras bien.

El cincuentón William Prewit hacía preguntas como si afirmase hechos.

– Bien, gracias -respondí-. ¿Y usted?

– Bien -contestó con energía-. Tengo algo para ti. Se trata de una comprobación, una cosita de nada.

– Claro. ¿Y qué es?

– Llevo tiempo oyendo rumores acerca de alguien que tal vez esté practicando la medicina sin licencia -me dijo.

– Pues es algo de lo que tendría que ocuparse el Colegio Estatal de Médicos, ¿no?

– No, no se trata de un problema de licencia, de que el hombre haya olvidado renovar los papeles -me corrigió Prewitt-. Lo que nos tememos es que no sea médico en absoluto, que sea un impostor. También es probable que tenga la consulta en un edificio de viviendas de protección oficial.

– Qué audaz -comenté-. ¿Y ha hecho una chapuza a un paciente y luego lo ha abandonado a la puerta de urgencias de algún hospital?

– Que yo sepa, no -respondió Prewitt-, pero la verdad es que sabemos muy poco. No es más que un rumor sutil y persistente. Es posible que no tenga nada de cierto.



22 из 363