
Los sucesos de Blue Earth giraban en torno a un hombre llamado Royce Stewart, que había violado y asesinado a Kamareia, hija de Genevieve, y que se había librado de una condena por un defecto de forma en el juicio. Un mes más tarde, Shiloh se había dirigido a Blue Earth con la intención de atropellar a Stewart con una furgoneta robada, pero no se había sentido capaz de matarlo y había sido Genevieve quien, en un encuentro casual, había acabado apuñalando a Stewart en el cuello y finalmente había prendido fuego al pequeño cobertizo donde vivía el tipejo.
Sin embargo, había sido Shiloh quien había terminado en la cárcel por el robo de la furgoneta, mientras que Genevieve, de cuyo crimen no había más testigos que yo, se había marchado a Europa a iniciar una nueva vida. No se lo reprochaba. Mi marido ya estaba entre rejas; no quería que a mi amiga le sucediera lo mismo.
No obstante, cuando Genevieve se encontraba ya en el avión rumbo a Francia, me enteré de que alguien me acusaba de la muerte de Stewart. Por inquietante que resultase, era lógico. Era yo quien había viajado hasta Blue Earth para buscar a mi marido. Era a mí a quien habían visto discutiendo a gritos con Stewart en un bar, muy poco antes de su muerte.
Dos detectives del condado de Faribault se presentaron en las Ciudades Gemelas para interrogarme y grabaron las respuestas evasivas que tan bien había preparado. Lo que les dije no pareció convencerlos.
No le conté a Genevieve nada de lo que estaba ocurriendo porque temía que tomara un avión de vuelta y lo confesara todo para exculparme. Tampoco pedí consejo a Shiloh porque, en la prisión, era más que probable que tuviera intervenido el correo, y me resultaba imposible explicar la situación sin mencionar la responsabilidad de Genevieve.
Luego ocurrió algo extraño. O, mejor dicho, no llegó a ocurrir. Transcurrió un mes, luego otro, y no me arrestaron ni volvieron a interrogarme. La investigación parecía haberse estancado.
