
– Nadie -respondió-. Pero es lo más lógico.
– ¿Por qué es lo más lógico?
Una gotita de agua que resbaló de un mechón de cabellos me cayó en el hombro.
– Porque lo mataste tú -respondió.
Desvíe la mirada hacia el trío de mujeres que estaban sentadas en el otro extremo de la poza, pero las desconocidas no dieron señal de haberla oído.
– ¿Pero qué dices? Será una broma de mal gusto, ¿no? -pregunté en voz baja-. Yo no maté a Roy ce Stewart. Lo hiciste tú.
– No, Sarah -replicó Genevieve con dulzura-. Fuiste tú, ¿no lo recuerdas? Yo nunca haría una cosa semejante.
Una sombra de lástima y preocupación empañó sus ojos.
– Eso no tiene ni pizca de gracia -repliqué en voz baja, muy tensa.
Sin embargo, yo sabía que no se trataba de una broma pesada por su parte. Su tono de voz no transmitía más que compasión e indicaba que tenía el corazón destrozado por su amiga y compañera.
– Lo siento -dijo-, pero un día, todo el mundo sabrá lo que hiciste.
Sonó una sirena en el horizonte, penetrante y de un tono casi eléctrico, una única nota de implacable ansiedad.
– ¿Qué es ese ruido? -preguntó Genevieve.
Abrí un ojo. Me encontré con las cifras fosforescentes de mi radio despertador, el causante de aquel gemido electrónico, y acallé la alarma mediante un manotazo. Casi atardecía en Mineápolis. Había echado una buena cabezada antes de entrar de servicio en el turno de noche. Tras las ventanas del dormitorio, los olmos del barrio del Nordeste proyectaban sombras verdosas en el suelo de madera combado. En las ramas asomaban las primeras hojas primaverales. Estábamos a principios de mayo y la nueva estación ya era una realidad.
También era una realidad que Genevieve se había marchado a Europa y que mi marido, Shiloh, un poli recién reclutado por el FBI, estaba en prisión. También era cierto que todo ello se debía a lo sucedido en el pueblo de Blue Earth un año antes. Cualquiera que siguiese las crónicas de sucesos habría leído alguna noticia al respecto, aunque en realidad pocos detalles del caso habían llegado al gran público.
