Y Shiloh no me había dejado por voluntad propia; lo habían encerrado en la cárcel. Sin embargo, no pasaba día que no los echara de menos a los dos. Eran algo más que mi familia. Eran mi historia, allí, en Mineápolis. Shiloh y Genevieve ya se conocían antes de que yo entrara en contacto con ellos y, precisamente por eso, aunque no tuviéramos una relación diaria o ni siquiera semanal, se había tejido entre los tres una red de interconexiones que me proporcionaba cierta sensación de estabilidad. Sin ellos, había perdido algo más profundo que el compañerismo cotidiano, algo que no encontraba en las conversaciones que mantenía con los compañeros de trabajo, que eran unas charlas amables y agradables, pero nada más.

Cuando los dos meses transcurridos se convirtieron en tres, cuatro y cinco, y siguieron sin acusarme de nada, pensé que la investigación se había quedado atascada, tal vez para siempre. Sin embargo, comprendí algo más: que si bien nunca se me acusaría abiertamente de la muerte de Stewart, tampoco se me exoneraría de ella jamás. En el trabajo, debido a los persistentes rumores, captaba un veredicto silencioso: culpable, probablemente. Mi teniente no me asignó otro compañero y los casos de delitos importantes y de personas desaparecidas en los que Gen y yo habíamos participado comenzaron a espaciarse y fueron sustituidos por misiones esporádicas e inconexas. Como la que tenía entre manos esa noche.


– Discúlpeme, ¿ha visto a este chico?

En la avenida donde trabajaba, una mujer de mediana edad enseñaba una foto a los transeúntes, intentando dar con alguien que hubiera visto a un adolescente que se había escapado de casa.

Movida por el interés profesional, me acerqué a interceptarla. Ella advirtió mi aproximación y se volvió a mirarme. Enseguida torció el gesto y se alejó. No había visto en mí a una desconocida amable que pretendía interesarse por su problema, y mucho menos a una policía. Había visto a una furcia.



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