
Cuando los dos meses transcurridos se convirtieron en tres, cuatro y cinco, y siguieron sin acusarme de nada, pensé que la investigación se había quedado atascada, tal vez para siempre. Sin embargo, comprendí algo más: que si bien nunca se me acusaría abiertamente de la muerte de Stewart, tampoco se me exoneraría de ella jamás. En el trabajo, debido a los persistentes rumores, captaba un veredicto silencioso: culpable, probablemente. Mi teniente no me asignó otro compañero y los casos de delitos importantes y de personas desaparecidas en los que Gen y yo habíamos participado comenzaron a espaciarse y fueron sustituidos por misiones esporádicas e inconexas. Como la que tenía entre manos esa noche.
– Discúlpeme, ¿ha visto a este chico?
En la avenida donde trabajaba, una mujer de mediana edad enseñaba una foto a los transeúntes, intentando dar con alguien que hubiera visto a un adolescente que se había escapado de casa.
Movida por el interés profesional, me acerqué a interceptarla. Ella advirtió mi aproximación y se volvió a mirarme. Enseguida torció el gesto y se alejó. No había visto en mí a una desconocida amable que pretendía interesarse por su problema, y mucho menos a una policía. Había visto a una furcia.
