
No lo tomé a mal. Era lo que pretendía parecer.
Por lo general eran las agentes de la policía metropolitana quienes se encargaban de hacerse pasar por prostitutas para detener a los hombres que solicitaban sus servicios, pero para esa labor siempre se necesitan caras nuevas y esa vez me había tocado a mí. Me había apostado en una avenida de mucho tráfico, al sur del centro de Mineápolis, no lejos del barrio financiero, donde las policías en misión encubierta como yo pasaban el aspirador para limpiar la zona no sólo de hombres que estaban de paso en la ciudad y tenían ganas de juerga, sino también de trabajadores locales que salían de los bares después de tomar unas copas al finalizar la jornada laboral.
Un agente de paisano quizá se sorprendería de la sencillez de mi atuendo. Ésta es una de las primeras cosas que aprendes: nada de minifalda, ni de tacones de aguja, ni de medias con costura. Genevieve me lo había explicado años atrás: «Las mujeres que hacen la calle no pueden arriesgarse a que los polis las descubran. Además, creo que muchas de ellas están demasiado cansadas. Psicológicamente, no consideran que esa actividad sea un auténtico trabajo.»Así que, aquella noche, antes de salir, me había puesto unos vaqueros, unas botas, una camiseta de cuello en pico y una chaqueta barata de piel sintética roja. El maquillaje era más importante que la ropa. Me apliqué un corrector de ojeras, pero no sólo en el lugar indicado, sino por toda la cara, lo que me daba una palidez enfermiza. Después me puse rímel y me perfilé los ojos. «Delinearse los ojos es lo mejor -había dicho Genevieve-. Nada te diferencia más de las mujeres de clase media que conducen Toyotas Camri que el lápiz de ojos.»Sin embargo, lo que realmente te delata cuando estás en la calle no es la ropa ni el maquillaje, sino la actitud. Es la contenida inclinación de la cintura, propia de las mujeres que comercian con su cuerpo, cuando miran por las ventanillas de los coches. Eso es lo que les dice a los hombres quién eres.
