Pero aquella noche no tenía suerte. Los hombres que recorrían la avenida en sus coches o deambulaban por la acera me miraban, algunos, pero ninguno se detuvo y yo no intenté detenerlos. La idea de cometer un delito tiene que partir del arrestado, no del agente, ya que de otro modo sería incitación al delito.


Por lo menos, hacía una noche agradable para estar al aire libre.

En mayo, el tiempo en las Ciudades Gemelas es completamente imprevisible. Lo mismo trae una ola de calor inusitada que una serie de aguaceros que te empapan y te calan hasta los huesos, de esos que empiezan por la mañana y se intensifican conforme avanza el día, hasta que materializan su ira en forma de tornados destructores en las afueras de la ciudad, en los campos de cultivo y en la pradera. Incluso era posible que, a estas alturas del año, llegara a Minnesota una ventisca tardía y descargara varios centímetros de nieve sobre la ciudad.

Los dos últimos días habían sido de chubascos, de unas lluvias intermitentes pero persistentes, a menudo torrenciales, que colmaron las alcantarillas y las cloacas. Esa noche el clima nos daba un agradable respiro; las nubes se habían abierto para dejar a la vista un cielo brillante de atardecer, pero las secuelas de la lluvia seguían notándose por doquier: el asfalto estaba encharcado y el aire olía a limpio y a tierra mojada.

Un autobús se detuvo junto al bordillo y recogió a un adolescente en silla de ruedas. Cuando el vehículo volvió a sumarse al tráfico y se alejó, noté que alguien me miraba. Un coche mediano de último modelo se había arrimado a la acera al otro lado de la calle. Me fijé bien en el conductor: varón, blanco, treinta y tantos años, cabello castaño con algunas canas en las sienes, color de los ojos inconcreto, sin marcas ni señales distintivas en la cara. No veía bien su ropa, a excepción del nudo oscuro de una corbata sobre la camisa blanca.



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