Mientras iba hacia el fuselaje del avión, pasé junto a otro ayudante del sheriff que estaba cubriendo un cadáver.

– Quite eso -ordené.

– ¿Qué?

– No cubra los cadáveres.

– ¿Quién lo dice? -Volví a sacar mi credencial-. Pero están al descubierto. -Su voz sonaba plana, como la grabación de un ordenador.

– Todo debe permanecer en su sitio.

– Tenemos que hacer algo. Está oscureciendo. Los osos percibirán el olor de esta… -se interrumpió buscando la palabra adecuada- gente.

Yo había visto lo que un Ursus era capaz de hacer con un cadáver y comprendí la preocupación de aquel hombre. Sin embargo, no podía dejar que cubriese los restos de las víctimas.

– Todo debe ser fotografiado y clasificado antes de que se pueda tocar y mover.

Apretó la manta con ambas manos y una expresión de dolor se dibujó en su rostro. Yo sabía exactamente cómo se sentía en aquel momento. La necesidad de hacer algo, la incertidumbre de no saber qué. La sensación de impotencia en medio de aquella abrumadora tragedia.

– Por favor, haga correr la voz de que nada debe moverse de su sitio. Luego busque supervivientes.

– Debe estar de broma. -Sus ojos recorrieron la escena que nos rodeaba-. Nadie podría haber sobrevivido a esto.

– Si alguien está vivo tiene más motivos para temer a los osos que esta gente. -Señalé el cadáver que estaba a sus pies.

– Y a los lobos -añadió con voz hueca.

– ¿Cómo se llama el sheriff?

– Crowe.

– ¿Cuál de ellos es?

El hombre desvió la mirada hacia el grupo que se encontraba junto al fuselaje.

– Es la persona más alta del grupo, la que lleva la chaqueta verde.

Dejé al ayudante y me dirigí rápidamente hacia Crowe.



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