
El sheriff estaba examinando un mapa con media docena de bomberos voluntarios cuya vestimenta sugería que habían llegado desde varias jurisdicciones diferentes. Incluso con la cabeza inclinada, Crowe era la persona más alta del grupo. Bajo la chaqueta sus hombros se adivinaban anchos y fuertes, lo que indicaba sesiones regulares de gimnasia. Esperaba no encontrarme con el típico sheriff macho de las montañas.
Cuando me acerqué al grupo, los bomberos dejaron de prestar atención y desviaron la vista hacia mi.
– ¿Sheriff Crowe?
Crowe se volvió y comprendí que la cuestión del macho no sería un problema. Crowe era una mujer.
Sus pómulos eran altos y marcados, la piel color canela. El pelo que escapaba por debajo de su sombrero de ala ancha era rizado y de un rojo zanahoria. Pero lo que me llamó poderosamente la atención fueron sus ojos. El iris era del mismo color del vidrio de las viejas botellas de Coca-Cola. Realzado por el naranja de las pestañas y las cejas, el verde pálido era extraordinario. Calculé que rondaría los cuarenta años.
– ¿Y usted es? -La voz era grave y profunda y sugería con claridad que su dueña no estaba para tonterías.
– Doctora Temperance Brennan.
– ¿Y tiene alguna razón para estar aquí?
– Trabajo con el DMORT.
Nuevamente la credencial. Crowe estudió la tarjeta y me la devolvió.
– Viajaba en mi coche de Charlotte a Knoxville cuando escuché por la radio un boletín que informaba de un accidente aéreo. Llamé a Earl Bliss, el jefe del equipo de la Región Cuatro, y me pidió que me desviara de mi ruta y acudiese para ver si necesitaban ayuda.
Fui algo más diplomática de lo que había sido Earl.
La mujer no dijo nada. Luego se volvió hacia los bomberos, les dio unas breves instrucciones y los hombres se dispersaron. Acortando la distancia que nos separaba, Crowe me tendió la mano. El apretón podía causar daños.
– Lucy Crowe.
