
– Vaya, vaya. Nos han enviado a todo un profesional.
Lo dijo con el mismo sarcasmo con el que se había referido a Charles Hanover, el presidente de TransSouth Air.
Crowe aplastó el vaso de plástico y lo arrojó dentro de una bolsa en la que llevaba un termo. Le di mi vaso, intrigada por la vehemencia de su desaprobación. ¿No estaba de acuerdo con la política del vicegobernador o había algo personal entre Lucy Crowe y Parker Davenport?
Cuando los dos hombres se acercaron, el forense extrajo su credencial. Crowe hizo un gesto con la mano.
– No es necesario, Doc. Sé quién es usted.
Yo también lo sabía ya que había trabajado con Larke Tyrell desde que le habían nombrado forense jefe de Carolina del Norte a mediados de la década de los ochenta. Larke era un hombre cínico y dictador, pero uno de los mejores administradores patólogos del país. Trabajando con un presupuesto completamente insuficiente y una administración indiferente, se había hecho cargo de una oficina sumida en el caos y la había convertido en uno de los sistemas de investigación criminal más eficientes de Estados Unidos.
Mi carrera forense estaba dando sus primeros pasos en la época del nombramiento de Larke, acababa de conseguir mi licencia del Consejo Americano de Antropología Forense. Nos conocimos mientras yo estaba realizando un trabajo para el Departamento Federal de Investigaciones del Estado de Carolina del Norte, identificando los cadáveres de dos traficantes de drogas que habían sido asesinados y descuartizados por una banda de motoristas. Fui una de las primeras personas contratadas por Larke como asesora especialista y desde entonces había tratado con esqueletos y con todo tipo de muertos, descompuestos, momificados, quemados y mutilados de Carolina del Norte.
