
El vicegobernador extendió la mano derecha, mientras con la izquierda apretaba un pañuelo contra los labios. Su rostro estaba pálido. No dijo nada mientras le estrechábamos la mano.
– Me alegro de que estés en el país, Tempe -dijo Larke, aplastándome también los dedos con su manaza. Comenzaba a replantearme todo este asunto del apretón de manos.
La expresión «en el país» empleada por Larke pertenecía a la jerga militar de la época de Vietnam y su acento era puro Carolina. Nacido en las tierras bajas, Larke se crió en el seno de una familia de marines, luego se reenganchó al servicio militar antes de ingresar en la facultad de medicina. Tenía el aspecto y hablaba como si fuese una versión pulida del actor Andy Griffith.
– ¿Cuándo te marchas al norte?
– La próxima semana comienzan las vacaciones de otoño -respondí.
Larke entrecerró los ojos mientras barría nuevamente el lugar con la mirada.
– Me temo que tal vez Quebec tendrá que quedarse sin su antropóloga este otoño.
Hacía una década yo había participado en un intercambio académico con la Universidad McGill. Mientras me encontraba en Montreal había comenzado a colaborar como asesora en el Laboratorio de Ciencias Jurídicas y de Medicina Legal, el principal laboratorio criminal y médico legal de Quebec. A finales de mi primer año, reconociendo la necesidad de contar con un antropólogo forense en plantilla, el gobierno provincial había creado un puesto, equipado un laboratorio y me había contratado como consultora permanente.
Desde entonces había estado viajando entre Quebec y Carolina del Norte, impartiendo clases de antropología física en la Universidad de Carolina del Norte-Charlotte y actuando como asesora en ambas jurisdicciones. Como habitualmente mis casos implicaban a los muertos no tan recientes, este arreglo había funcionado bien. Pero existía entre ambas partes la aceptación tácita de que yo estaría inmediatamente disponible para prestar testimonio ante un tribunal y en las situaciones de crisis.
