
Entré en la I-40, cambié de emisora por centésima vez y conseguí captar los comentarios de un periodista que informaba desde el aire acerca del incendio de un almacén. Los sonidos del helicóptero me recordaron de inmediato a Larke y pensé que no le había preguntado en qué lugar habían aterrizado el vicegobernador y él. Guardé la pregunta en un rincón de mi cabeza.
A las nueve volví a marcar el número de Katy.
No hubo respuesta. Volví a repetirme el tema.
Al llegar a Knoxville, me registré en el hotel, llamé a mi anfitrión y luego comí el pollo Bojangles que había comprado en las afueras de la ciudad. Llamé a Charlotte, a mi ex esposo, para que se ocupase de Birdie. Extrañado, Pete accedió a hacerlo, añadiendo que me pasaría la factura por el transporte y la alimentación del gato. Me dijo que hacía varios días que no hablaba con Katy. Después de darle una versión reducida de mis temores, Pete me prometió que trataría de localizarla.
Luego llamé a Pierre LaManche, mi jefe en el Laboratorio de Ciencias Jurídicas y de Medicina Legal, para informarle de que la semana siguiente estaría ausente de Montreal. Ya había tenido noticias del accidente y estaba esperando mi llamada. Por último, llamé al jefe de mi departamento en la Universidad de Carolina del Norte.
Después de haber cumplido todas mis responsabilidades dediqué una hora a seleccionar las diapositivas y colocarlas en sus respectivas bandejas en el proyector, luego me duché y traté de comunicarme nuevamente con Katy. Nada.
Miré el reloj. Las once cuarenta.
Katy está bien. Ha salido a comer una pizza. O está en la biblioteca. Sí. La biblioteca. Había utilizado esa excusa un montón de veces cuando estaba en la facultad.
