
Ahora había un montón de vehículos aparcados en fila a ambos lados del camino forestal y, mientras descendíamos la colina, nos habíamos cruzado con otros recién llegados. Al amanecer habría importantes atascos en las carreteras comarcales y los caminos del Servicio Forestal.
En cuanto me acomodé detrás del volante busqué el móvil. No había línea.
Realicé dos o tres maniobras para poder dar la vuelta y dirigirme colina abajo hacia la carretera del condado. Una vez en la autopista 74 intenté llamar nuevamente. Esta vez hubo suerte y marqué el número de Katy. Después de cuatro tonos respondió el contestador.
Intranquila, dejé un mensaje para mi hija y luego empecé a repetirme el tema «no-seas-una-madre-imbécil». Durante la hora siguiente intenté concentrarme en mi inminente presentación, apartando de mi mente las imágenes de la carnicería que había dejado a mis espaldas y el horror con el que tendría que enfrentarme al día siguiente. Fue absolutamente inútil. Las imágenes de rostros y miembros amputados que flotaban en el aire hicieron pedazos mi concentración.
Encendí la radio. Todas las emisoras informaban acerca de la tragedia aérea. Los locutores hablaban con gravedad y respeto de la muerte de los jóvenes deportistas y especulaban con solemnidad sobre las causas del accidente. Considerando que la climatología no parecía haber influido en absoluto en la catástrofe, las principales teorías apuntaban al sabotaje o a un fallo mecánico.
Cuando caminaba por el bosque detrás del ayudante de Crowe había divisado un grupo de árboles cortados orientados en dirección opuesta al lugar por donde yo había llegado. Aunque yo sabía que esos daños señalaban el tramo final del descenso del aparato, me negué a sumarme a las especulaciones.
