Más allá, entre los árboles, se veían destellos de luces rojas, azules y amarillas, marcando la ubicación de la ruta de acceso que yo no había sido capaz de encontrar. Imaginé los coches patrulla, los camiones de bomberos, las ambulancias, los furgones de los equipos de rescate y los vehículos de los voluntarios que mañana obstruirían esa carretera.

En ese momento el viento cambió de dirección y el olor a humo se hizo más intenso. Me volví y descubrí una delgada columna de humo negro que ascendía un poco más allá de la siguiente colina. Sentí que se me formaba un nudo en el estómago, ya que me encontraba lo bastante cerca como para detectar otro olor que se mezclaba con el olor ácido y penetrante del humo.

Como antropóloga forense, mi trabajo consiste en investigar las muertes violentas. He examinado centenares de víctimas del fuego para jueces y forenses y conozco muy bien el olor a la carne carbonizada. En el siguiente barranco había cuerpos humanos que todavía se estaban quemando.

Hice un esfuerzo para tragar saliva y volví a concentrarme en la operación de rescate. Algunas de las personas que habían permanecido inactivas se movían ahora por la zona del desastre. Vi que uno de los ayudantes del sheriff se inclinaba para inspeccionar unos restos esparcidos a sus pies. Se irguió y un objeto lanzó destellos en su mano izquierda. Otro de los ayudantes había comenzado a apilar otros restos.

– ¡Mierda!

Comencé a descender la colina, aterrándome a las ramas bajas y zigzagueando entre árboles y grandes rocas para mantener el equilibrio. El terreno era muy empinado y un tropezón podía convertirse en una peligrosa zambullida de cabeza.



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