A pocos metros del pie de la colina tropecé con una plancha de metal que se deslizó y me lanzó por los aires como si fuese uno de esos crios que se tiran en sus tablas entre dos toboganes. Caí pesadamente a tierra y comencé a rodar colina abajo, arrastrando conmigo una avalancha de piedras, ramas, hojas y pinaza.

Para frenar la caída busqué desesperadamente algún punto donde asirme, me desgarré las palmas de las manos y me rompí algunas uñas antes de que mi mano izquierda chocara contra algo sólido y consiguiera aferrarme con los dedos a ello. Sentí un dolor agudo en la muñeca cuando soportó todo el peso de mi cuerpo interrumpiendo mi movimiento descendente.

Me quedé colgada un momento, luego giré sobre un costado, me apoyé en ambas manos y conseguí sentarme. Alcé la vista sin soltarme de mi providencial punto de apoyo.

El objeto que había conseguido frenar mi caída era una larga barra de metal que formaba un ángulo recto desde la roca que se apoyaba en mi cadera hasta un tronco cortado unos metros colina arriba. Me afiancé con ambos pies, hice una prueba para ver si podía levantarme y me las arreglé para recuperar la posición vertical. Me limpié la sangre de las manos en las perneras del pantalón, volví a sujetarme la cazadora a la cintura y continué descendiendo hasta llegar a terreno llano.

Una vez allí aceleré el paso. Aunque la superficie distaba bastante de ser firme, al menos ahora la fuerza de la gravedad estaba de mi parte. Al llegar a la zona acordonada, levanté la cinta amarilla y pasé por debajo.

– Un momento, señora. No tan rápido.

Me detuve y me volví. El hombre que había hablado llevaba una chaqueta del Departamento del Sheriff del Condado de Swain.

– Estoy con el DMORT.

– ¿Qué demonios es el DMORT?

– ¿Está el sheriff en el lugar de accidente?

– ¿Quién lo pregunta?

El ayudante del sheriff tenía una expresión tensa y los labios, apretados, formaban una delgada línea. Llevaba una gorra de caza anaranjada encasquetada hasta las cejas.



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