Solía ser una perteneciente a Leicestershire, Derbyshire, Nottinghamshire, Warwickshire o Staffordshire, y entonces le embargaba una mezcla de desolación, fracaso, desencanto por la imperfección del mundo, hasta que papá, que parecía estar siempre cerca en aquel momento, encontraba la tesela que faltaba en el lugar más inverosímil. ¿Qué hacía Staffordshire en el bolsillo de su pantalón? ¿Cómo había ido a parar allí? ¿Ella la había visto saltar? ¿Creía Martha que el gato la había puesto en el bolsillo? Y ella sonreía respondiendo que no con movimientos de cabeza, porque Staffordshire había sido hallado, y su rompecabezas, su Inglaterra y su corazón habían sido recompuestos.

Aquello era un recuerdo fiel, pero Martha seguía recelando; era verdadero, pero manipulado. Sabía que había ocurrido, porque había ocurrido varias veces; pero, en la amalgama resultante, las señales distintivas de cada vez que había ocurrido -que ahora tendría que reconstruir, como cuando su padre se había mojado bajo la lluvia y le había devuelto Staffordshire húmedo, o cuando dobló la esquina de Leicestershire- se habían perdido. Los recuerdos de la infancia eran los sueños que persistían en ti cuando despertabas. Soñabas toda la noche, o durante largos, serios lapsos de la noche, pero cuando despertabas lo único que perduraba era el recuerdo de haber sido abandonada o traicionada, o el de haber caído en una trampa y haberse quedado sola en una llanura helada; y a veces ni siquiera eso, sino una imagen residual, difuminada, de la emoción generada por tales sucesos.

Y había otra razón para la suspicacia.



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