
Aquello era un recuerdo fiel, pero Martha seguía recelando; era verdadero, pero manipulado. Sabía que había ocurrido, porque había ocurrido varias veces; pero, en la amalgama resultante, las señales distintivas de cada vez que había ocurrido -que ahora tendría que reconstruir, como cuando su padre se había mojado bajo la lluvia y le había devuelto Staffordshire húmedo, o cuando dobló la esquina de Leicestershire- se habían perdido. Los recuerdos de la infancia eran los sueños que persistían en ti cuando despertabas. Soñabas toda la noche, o durante largos, serios lapsos de la noche, pero cuando despertabas lo único que perduraba era el recuerdo de haber sido abandonada o traicionada, o el de haber caído en una trampa y haberse quedado sola en una llanura helada; y a veces ni siquiera eso, sino una imagen residual, difuminada, de la emoción generada por tales sucesos.
Y había otra razón para la suspicacia.
