
Y asimismo un autoengaño constante. Porque aun cuando admitieras todo esto, aunque captaras la impureza y la corrupción de las reminiscencias, parte de ti seguía creyendo en esa cosa -sí, cosa- inocente y auténtica que llamabas un recuerdo. En la universidad, Martha se había hecho amiga de una chica española, Cristina. La historia común de sus dos países, o al menos los contenciosos entre ambos, quedaba siglos atrás; pero aun así, cuando Cristina había dicho, en un momento de pullas amistosas: «Francis Drake fue un pirata», Martha había dicho: «No, no lo fue», porque sabía que era un héroe inglés y un Sir y un almirante y por tanto un caballero. Cuando Cristina, más seria esta vez, repitió: «Fue un pirata», Martha supo que era la falsedad consoladora, aunque necesaria, de los derrotados. Más tarde consultó «Drake» en una enciclopedia británica, y aunque la palabra «pirata» no aparecía nunca, las palabras «corsario» y «pillaje» salían con frecuencia, de suerte que entendió perfectamente que el corsario saqueador para una persona podía ser un pirata para otra, pero así y todo Francis Drake siguió siendo para ella un héroe inglés, incontaminado por lo que había leído sobre él.
