
Al mirar atrás, pues, desconfiaba de los recuerdos reveladores y lúcidos. ¿Qué podía ser más nítido y memorable que aquel día en la feria agrícola? Un día de nubes frívolas sobre un serio azul. Sus padres la llevaban suavemente sujeta por las muñecas y la columpiaban muy alto en el aire, y los montones de hierba eran una cama elástica cuando aterrizaba. Las carpas eran blancas con toldos a rayas, de una construcción tan sólida como las vicarías. Detrás se alzaba una colina desde la cual cansinos y estropajosos animales observaban a sus parientes mimados, atados con un ronzal, en el ruedo de exhibición de abajo. El olor en la entrada trasera de la cervecería, a medida que el día se iba haciendo más caluroso. La cola para utilizar los retretes portátiles, y un hedor no muy distinto. Las insignias de cartón de las autoridades, colgando de los botones de las camisas de viyella. Mujeres almohazando a chivos sedosos, hombres traqueteando orgullosos a bordo de tractores veteranos, niños llorando que se resbalaban de los ponies mientras al fondo figuras presurosas reparaban las vallas rotas. Los camilleros de la ambulancia del St. John a la espera de gente que se desmayase o se cayera de los cables tensores o sufriese un ataque al corazón; a la espera de que ocurriera algo malo.
Pero todo salió bien aquel día, todo fue bien en el recuerdo que Martha tenía al respecto. Y ella había guardado durante muchos decenios el libro de las listas, cuya extraña poesía, en su mayor parte, conocía de memoria. La lista de premios de las sociedades agrícola y hortícola de la comarca. Tan sólo una docena de páginas con una cubierta roja, pero para ella era mucho más: un libro ilustrado, aunque sólo contenía palabras; un almanaque; un herbario de botica; un estuche de magia; un prontuario.
Tres zanahorias – largas
Tres zanahorias – cortas
