
en un jarrón
Cinco dalias, bola en miniatura
Cinco dalias, de borla, de menos de 5 centímetros
de diámetro
Cuatro dalias, de cactus, de 10 a 15 centímetros,
en un jarrón
Tres dalias, de cactus, de 15 a 20 centímetros, en
un jarrón
Tres dalias, de cactus, de más de 20 centímetros,
en tres jarrones
Estaba inventariado todo el universo de las dalias. No faltaba ninguna.
La columpiaban hasta el cielo las manos seguras de sus padres. Caminaba entre los dos sobre un vado de tablones, debajo de lonas, a través del aire caliente y herbáceo, y leía su folleto con la autoridad de un creador. Pensaba que los artículos expuestos no existían de verdad hasta que ella los hubiese nombrado y catalogado.
– ¿Qué tenemos aquí, señorita Ratón?
– Dos siete, oh. Cinco manzanas de asar.
– Eso parece correcto. Cinco. Habría que saber de qué clase son.
Martha volvió a consultar el folleto.
– De cualquier variedad.
– Estupendo. Cualquier clase de manzanas de asar. Tenemos que buscarlas en los puestos.
El padre fingía hablar en serio, pero la madre se reía y jugueteaba sin ninguna necesidad con el pelo de Martha.
Vieron ovejas apresadas entre las piernas de hombres sudorosos y de grandes bíceps, que perdían su vellón de lana en un remolino zumbante de tijeras de esquilar; jaulas de alambre que contenían conejos tan grandes y tan limpios que no parecían reales; luego hubo el desfile de ganado, el concurso de disfraces a caballo y la carrera de terriers. En el interior de las carpas había panes dulces de manteca de cerdo, bollos calientes, bizcochos y crepes; huevos duros rebozados y partidos en dos como ammonites; chirivías y zanahorias de un metro de largo, afiladas hasta el grosor de una mecha de vela; cebollas lustrosas con el tallo doblado y atadas con un cordel; racimos de cinco huevos, con un sexto cascado en un cuenco junto a ellos; remolacha cortada en rodajas que mostraban anillos como los de árboles.
