Pero eran las judías del señor A. Jones las que resplandecían en la memoria de Martha, y luego, más tarde, y más tarde aún, como reliquias sagradas. Daban tarjetas rojas al primer premio, azules al segundo y blancas a las menciones. Todas las tarjetas rojas para todas las judías las había ganado A. Jones. Nueve judías de cualquier variedad, nueve trepadoras redondas, nueve frijoles planos, nueve frijoles redondos, seis blancas grandes, seis habas. También ganaron sus nueve vainas de guisantes y tres zanahorias cortas, pero a Martha estas hortalizas le interesaban menos. Porque A. Jones también usaba una argucia con sus judías. Las exponía sobre retales de terciopelo negro.

– Parece el escaparate de una joyería, ¿eh, cariño? -dijo su padre-. ¿Alguien quiere un par de pendientes?

Extendió la mano hacia los nueve frijoles de Jones, y la madre se rió, y Martha dijo: «No», bastante alto.

– Ah, como quieras, señorita Ratón.

El no debería haber hecho eso, aunque no lo hiciera en serio. No tenía gracia. A. Jones sabía dar a una judía un aspecto perfecto. De color, de proporciones, de lisura. Y nueve judías eran mucho más hermosas.

En la escuela cantaban. Sentadas de cuatro en fondo con sus uniformes verdes, como judías en su vaina. Ocho piernas redondas, ocho piernas cortas, ocho piernas largas y ocho de cualquier variedad.

Todos los días empezaban con los cánticos religiosos, falsificados por Martha Cochrane. Más tarde venían los cantos secos y jerárquicos de las matemáticas, y después los densos cantos de poesía. Más extraños y más cálidos que ambos eran los de historia. Aquí les alentaban a una creencia urgente, extemporánea, en el rezo matutino. Los cánticos religiosos se entonaban con un murmullo apresurado; pero en historia la señorita Mason, regordeta como una gallina y vieja de varios siglos, dirigía el culto como una sacerdotisa carismática, llevaba el compás, guiaba a las cantantes.



9 из 280